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lunes, 20 de septiembre de 2010

Xibalba


«Y Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Génesis 2:9)








Abrió la boca tanto como sus ojos y se desplomó. El niño que era prefacio de un rito que nunca logró la consagración. Un sacrificio incruento, cordero de un rebaño manchado por el pecado de un Dios que dañó el tiempo. De pie, con las manos en jarra y gesto adusto, el hombre ordenó que carguen el cuerpo que yacía mirando el sol.

"Sólo es carne, no es amor", dijo quien era su redentor, mientras llamaba al siguiente niño para la Eucaristía del corazón.

Las manos del hombre tomaron un pocillo añejo, donde sus dedos bailaron en lo que parecía ser un ungüento, y depositaron en las fauces de quien podría ser su legado una muerte con sabor imperfecto.

"Otra semilla infértil", pensó en voz alta, al instante que ordenó limpiar la tierra virgen de otra caída sin convicción.

La ceremonia se repitió incesante. El hombre escupía palabras al oído de quien cuestionaba su propia fe y las grietas de los voluntarios se abrían con la esperanza de que su viaje no encallara. Aquello no era pan ácimo de harina de trigo, pero comulgaba algo más que una religión pagana.

Atraída por el aroma que desprendía el pocillo, sentía que mi sombra se despegaba, intentaba alcanzar ese perfume, ansiosa de conocer el nirvana. Entonces escruté los ojos del hombre y escuché por única vez su plegaria.

"Sí -contesté confiado-, creo en el amor eterno"

Entonces el hombre tomó un petalo mojado del pocillo y lo deshojó sobre mi lengua.
Y comprendí que el vino no era sangre y la carne no era de Cristo.


El amor tenía sabor afrodisíaco.


by LuKeTªS!
(20/9/2010)

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