
Las cámaras fotográficas parpadeaban en la oscuridad. Centelleaban como estrellas terrenales, espejando al cielo que acaecía sobre el valle de Gizeh, quizás el único testigo de una noche serena. Unos veinte kilómetros al sudoeste reposaba El Cairo, una metrópolis dormida, sumida en penumbras, desapercibida. Una postal egipcia del siglo XXI, lejos de guerras civiles entre otomanos, mamelucos y mercenarios albaneses. Inmersa en el Islam. Lejos, también, del lugar de los hechos.
Una figura desgarbada se extendía detrás de una mezquita. El cuerpo parecía retorcerse sobre su eje, como sufriendo el peso de los pecados cometidos en vida, oculto en las sombras, esperando el ascenso de Ra por el este. Un error muy común, ya que debido al eje de rotación de la tierra y al movimiento de traslación de la misma alrededor del sol, esto sólo ocurría dos veces al año: los días equinoccios. Lo que no había fallado era su misión. La había completado con una frialdad absoluta y en un límite de tiempo envidiable. No en vano lo llamaban el Restaurador.
Sus ojos escupían fuego y refulgían en la concreción de su tarea. Se sentía bendecido por Alá. Se apoyó sobre su rodilla para reincorporarse y arrastró sus pies en dirección al norte. “El tiempo se agota”, pensó en dialecto árabe, mientras relamía su morbo de placer infinito. El sicario se humedeció los labios con la lengua y observó el desfile de uniformados, ornamentado de luces rojas y azules, teñido por rostros de preocupación. Llevó su mano a la entrepierna y empuñó el mango del arma homicida. Las yemas de sus dedos acariciaban la muerte, pero estaba inapetente.
Su sed de sangre había sido saciada.
by LuKeTªS!

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