
No recuerdo la hora, pero sé que todo se produjo cuando el tiempo se detuvo; como si el inmenso reloj de arena que rige la vida de las personas se humedeciera para inmortalizar momentos de gracia o -como finalmente sucedió- para perpetuar a un pobre desgraciado con la desdicha del desamor. No recuerdo la felicidad, sólo recuerdo el dolor.
Ingenuo fui al pensar que únicamente me preocupaban las certezas de mi futuro incierto; quizá por eso fui castigado con una bendición. ¿Quién diría que peor que la muerte sería enamorarse? Resulta paradójico, pero la muerte y el amor van de la mano, estrechados mediante un vínculo que roza con lo cínico. A esto, yo lo llamo relación.
Cuando la vi me dijo todo sin mencionar una sola palabra. Me sumergí en su figura perdido por el encanto de su aroma y me escurrí entre sus dedos respirando su vida como el viento. Aquella porción de mundo con silueta de ángel significaba más que mi propia existencia. Aquel día me enamoré del amor.
Mi sueño de reciprocidad duró poco. Su pelo desenvainó una espada ante mi ser inmóvil, sus ojos la blandieron con la inconsciencia de sus consecuencias y su sonrisa, acechada por la comisura de sus celosos labios, asestó un golpe certero al corazón. Mi cuerpo yacía de pie.
Camino sin vida como las almas del tártaro, sintiendo sin tacto su calidez terrenal; hablo sin voz escuchando su risa, buscando ecos que la hagan recordar. Y espero desesperado, pero no desesperanzado, encontrarla una vez más.
by ŁũĶęŦąŜ!

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