Powered By Blogger

lunes, 5 de julio de 2010

La desdicha del centrofóbal (el gol definitivo)


Lucas era un goleador de raza. De esos que inflan redes con una contundencia implacable. Certero. Siempre atento. Un habitante del área 18. Todo lo que tocaba inexorablemente lo transformaba en un grito y un festejo... hasta que un día su mundo se desmoronó. Fue en el año '98, cuando encaró a la portería tras salir airoso entre dos centrales de carrocería lenta pero letal, que vió al arquero y, por primera vez en su vida, no tuvo sangre fría para definir. Todo transcurrió en 30 segundos, pero para Lucas fue una eternidad. Se quedó tieso, inmóvil frente a miles de espectadores, observando los movimientos del portero, que acomodaba su pelo por detrás de su oreja y nunca salió a achicar. Absorto, Lucas sintió que le escaseaba el aire en sus pulmones y la taquicardía no lo dejaban pensar con claridad. El silbato sonó con indiferencia y a Lucas lo invadió una marea de sentimientos contritos. Era presa de su indecisión. Tiempo después supo que la arquera se llamaba Yanina.

Pensó en dejar el fútbol, pero lo tomó como un aprendizaje para la próxima jugada. La portera pelirroja fue una cicatriz que nunca pudo curar, pero a la que logró acostumbrarse. Así fue que dos años más tarde, con una confianza renovada, volvió a tener un mano a mano. "Es gol seguro -le aconsejaron sus compañeros-, siempre descubre el primer palo". Lucas estudió sus posibilidades para no cometer el pecado anterior, inhaló una bocanda de aire y definió con más dirección que fuerza, queriendo asegurarse que la pelota ingrese quirúrgicamente por el bendito primer palo. Pero Valeria despejó al córner con llamativa facilidad. Lucas había caído en su trampa: se había dejado seducir por la tentación de la victoria y pagó caro el precio de la derrota.

Un año más tarde, Eugenia le envió una carta que rezaba: "si hay un penal, me tiro a la izquierda". Lucas consultó si estaba bien que pateara a la derecha o era un acto desleal, pero sus compañeros de equipo lo apoyaron con firmeza ("¿quien mejor que vos para patear a la derecha?"). El partido fue reñido, pero ya en tiempo de descuento, Lucas se desplomó en el área víctima de un defensor envidioso y caminó marcha atrás los doce pasos que lo separaban de la pena máxima. Esta vez, pateó a la derecha con más potencia que dirección, pero Eugenia se estiró arrepentida y, con un manotazo de ahogado, frustró el grito de gol. Para colmo de males, cuando volvieron al vestuario, los compañeros le recriminaron por su manera de patear. Indignado con la traición de sus pares, Lucas se buscó otro club.

Ya en el 2008, con la experiencia de dolores lejanos a cuestas y un dejo amargo en la garganta, Lucas se sintió atraído por un duelo que se vaticinaba prometedor: quebrarle la racha de invicto a Verónica, una arquera que desarmaba a sus rivales a pura sonrisa. Lucas no se dejó llevar y repasó metódicamente cada uno de sus errores.


"Nada me asegura el gol", pensó evocando a Valeria.

"Si hay un penal, voy a patear donde me indique el corazón", anheló por Eugenia.

"Pero lo más importante es que le pegue a la pelota con determinación", suspiró por Yanina.


Sólo entonces Lucas se sintió preparado. Se encaminó envalentonado por sus convicciones y se enfrentó a Verónica sin un atisbo de duda en su rostro. Realizó una finta para estudiar la respuesta de la arquera y cuando finalmente la superó en carrera remató con dirección y fuerza. La pelota se encaminaba hacia la línea de cal con una fe ciega, pero la suerte le fue esquiva: el viento azotó con fiereza y desvió el disparo hasta que el balón se estrelló contra el poste. Verónica quiso intercambiar su buzo tras el partido, pero nunca logró encontrar a Lucas.

"¿En qué fallé?", se preguntó el delantero centro una y otra vez. Pero por más vueltas que le dio al asunto no encontró motivos para dormir tranquilo aquella vez. Cansado de la voz de su consciencia, Lucas le echó la culpa al azar.

Finalmente, Lucas dejó de pensar. Adoptó una postura menos egoísta en la busqueda de su satisfacción personal y enfocó su juego para el bien del equipo. Había madurado como jugador. Así fue que una tarde, mientras ensayaba con su propia sombra, Laura lo desafió a un mano a mano. Lucas aceptó sorprendido y encaró al arco bajó el hostigamiento del sol. Hundió su pie derecho en la pelota y alzó la vista para ver el vuelo del balón.

"Sólo tenía que picarla", pensó nostálgico.

Y llenó su boca de gol.


by LuKeTªS!

No hay comentarios:

Publicar un comentario