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lunes, 5 de julio de 2010

Minos, legado y desgracia


El hijo bastardo de Pasífae era huésped en su propia casa. El palacio de Cnosos, pergeñado por el artífice Dédalo, aislaba su cuerpo humano del instinto animal. Semejante a un centinela cretense, la bestia aguardaba impaciente los catorce jovenes que desembarcaban en la isla para saciar su apetito voraz. Un tributo ateniense con (verdadera) forma humana.

El hijo de Poseidón fue su invitado de honor. Ingresó en el laberinto acompañado por un puñado de hombres de igual valía y arremetió hasta las entrañas de la casa de Asterión. Llegó al centro y también llegó al corazón. Quitó una vida y a la vez dos. Y volvió sobre sus pisadas; hasta que sus manos bañadas en sangre al fin vieron la luz...

La hija del rey sólo llegó a la puerta. Ni siquiera golpeó. Le entregó un hilo delgado a Teseo y suspiró sin razón. "Deja que sea tus ojos en la oscuridad", arguyó con vehemencia. Y las lágrimas brotaron de los suyos, con un dejo de esperanza para los dos.

Se reveló con dolor agudo la noche de su redención. El minotauro indagó sus emociones, apiñadas en su corazón, y encontró lo que buscaba y evadía a la vez: Ariadna.

Había muerto sin conocer el amor.

by LuKeTªS!

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